Agustí Centelles como revulsivo

Estos últimos meses la sala de exposiciones del Museo de Arte Jaume Morera acoge la exposición “Agustí Centelles y el bombardeo de Lleida” y puedo afirmar, con toda seguridad, que se está convirtiendo en la que es una de las experiencias más singulares de mi larga trayectoria profesional. Cuando nos planteamos su producción, lo hicimos conscientes de que, además de mostrar el archivo fotográfico de Centelles, de realizar una crónica de lo que fue uno de sus reportajes más trascendentales e icónicos, se ponían en juego otros elementos con una fuerte carga histórica y también simbólica. Nada de lo que pensábamos, sin embargo, ha sido comparable a lo que finalmente está sucediendo. La previsible reacción emotiva de los supervivientes que asistieron a la inauguración de la exposición ha tenido continuidad entre un público diverso, que ha acudido masivamente a visitar la muestra, rompiendo todos los registros históricos del Museo. Jóvenes y mayores, madres y padres, visitantes de toda condición, han mostrado espontáneamente sus sentimientos de sufrimiento y repulsa ante la barbarie fascista, y muchos de ellos no han podido contener las lágrimas en su recorrido entre las imágenes de casas derrumbadas, de niños muertos tendidos en el suelo y de las escenas de dolor de los familiares de las víctimas. El libro de visitas de la muestra se ha convertido, en este sentido, en un instrumento en el que expresar espontáneamente la indignación y el sufrimiento experimentado por muchos de sus visitantes, conectando, en muchos casos, con una frecuencia emocional a la que no son ajenos los eventos de la actualidad política actual. Al mismo tiempo también, los asistentes de sala, los conductores de visitas en grupo y todo el personal del Museo, que se ha volcado en cuerpo y alma en esta muestra, han sido constantemente interpelados por familiares y conocidos de las víctimas, en busca de más información, que ha conducido en algún caso incluso a la identificación del pariente o amigo desaparecido; una actitud extensible a muchos testigos directos anónimos de los acontecimientos, con la incontenible necesidad de explicar su propia vivencia personal. Acostumbrados durante tantos años únicamente al comentario íntimo y callado de los hechos entre el círculo reducido de familiares y amigos, la visualización de las imágenes en un espacio público, como es el de las salas del museo de arte de la ciudad, ha actuado verdaderamente como catalizador para la liberación de los sentimientos y, lo más importante, al ver su expresión de agradecimiento, para la debida reparación y homenaje a las víctimas que la exposición pública implica.

A veces pensamos que los resultados de las investigaciones históricas de tipo académico son ampliamente conocidos y asumidos por todos a partir de su publicación. La exposición, sin embargo, está mostrando que todavía queda mucho camino por recorrer antes de que estos hechos y otros de similares características, vinculados con la recuperación y dignificación de la memoria de las víctimas de la guerra y la dictadura, sean plenamente conocidos y reivindicados. Una tímida ley de la memoria histórica, la insuficiente implicación de una supuesta sociedad democrática y, fundamentalmente, la oposición frontal de una derecha sociológica, heredera del franquismo, con complicidades lamentables entre aquellos que, pudiendo hacerlo, no han querido desafiar las estructuras de poder, son en gran parte culpables de esta grave carencia democrática. A todos aquellos que aún descalifican estas actuaciones de vindicación con el argumento de que puedan reabrir viejas heridas les invitaría a permanecer una tarde en las salas del Museo y constatar, a través de sus visitantes, como las exposiciones como la de Centelles lo que hacen verdaderamente es empezar a cerrar heridas que durante mucho tiempo han permanecido inexplicablemente y lamentablemente abiertas.

 

Todo ello refuerza nuestra idea de dotarnos lo antes posible de un museo de arte que pueda explicar con la dignidad necesaria nuestro pasado más reciente, hoy por hoy huérfano institucionalmente, y que pueda convertirse en un componente fundamental de la memoria compartida de nuestra ciudad y de su autoestima. Como dice el artista Francesc Torres “donde no hay museos no hay historia, no hay memoria, no hay paradigma de excelencia, no hay conciencia ciudadana”.

 

Jesús Navarro

director del Museo de Arte Jaume Morera de Lleida

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