Viola contra Viola

019A lo largo del 2016 se celebra el centenario del nacimiento de José Viola Gamon, más conocido por el nombre de Manuel Viola, una inmejorable ocasión para hacer balance de la consideración que merece una de las personalidades más singulares de la plástica española del siglo XX. En este sentido, creo que podemos afirmar que Viola sigue siendo una gran desconocido, y no porque su obra no esté presente en museos y colecciones importantes o su figura no haya sido glosada y citada en múltiples publicaciones. Pero todas estas referencias se vinculan casi exclusivamente a una etapa muy concreta de su trayectoria creativa, aquella vinculada a su participación en el grupo El Paso, y significada por una obra abstracta que combinaba la gestualidad pictórica con una paleta cromática definida por el contraste entre luces y sombras, blancos sobre negro, que nos recuerdan y aluden a la mística española y a la influencia goyesca de las pinturas negras. La iconicidad adquirida por este momento -que corresponde seguramente al momento más álgido de su producción pictórica- ha terminado para ocultar otros aspectos de su poliédrica actividad creativa. Este reduccionismo se ha visto acompañado de un cierto desprecio en determinados círculos críticos, causado por el histrionismo de algunas de sus actividades, de reminiscencias dalinianas, que conformaron su imagen pública la largo de los años setenta, rodeado por las trazas del mundo de la farándula y de la prensa social de las postrimerías del franquismo. La proliferación de obras menores en el mercado artístico, de autoría contrastada o no, no han hecho sino diluir aún más el peso de su aportación.

Afortunadamente, la insistencia de sus admiradores y los estudiosos de su obra, a través de iniciativas como la de la exposición organizada por la Diputación Provincial de Zaragoza, comisariada por Javier Lacruz, y que se podrá ver ahora en la ciudad de Lleida , nos proporcionan una perspectiva de análisis mucho más rica y diversa, que profundiza en todos y cada uno de sus múltiples registros, siguiendo la estela marcada por el crítico Juan Manuel Bonet cuando hablaba de las diez máscaras que definen la personalidad múltiple de Viola.

40 ViolaLa primera de ellas tiene como escenario la ciudad de Lleida, a la que se trasladó en 1923 a la edad de 7 años, donde tramo amistad con quienes terminarían por ser sus compañeros de primera juventud, Antoni Garcia Lamolla y Leandre Cristòfol. En el calor del proyecto editorial de la revista Art impulsada por Enric Crous, Viola expresaría sus inquietudes literarias y sus primeros ensayos teóricos. La revista Art y la práctica artística no serían, sin embargo, los únicos aspectos destacables de la actividad de este grupo de jóvenes vanguardistas. De entrada hay que citar su implicación en el Ateneo Popular de Lleida (1934-35), que impulsaba cursos técnicos y de divulgación cultural para los obreros. Una actitud contestataria y combativa, que se vería subrayada por su participación en el contundente y subversivo Manifiesto, editado en febrero de 1934 contra el Ayuntamiento de Lleida y su gestión de la cultura y las artes.

A finales de 1934 Viola se trasladaría a Barcelona y una vez allí se convertiría en un puente de unión entre los artistas leridanos y la pujante vanguardia barcelonesa. Gracias a sus contactos, la asociación ADLAN (Amigos del Arte Nuevo) sería clave en el proceso de proyección de sus respectivas trayectorias fuera del ámbito leridano, como la exposición de Lamolla en Madrid en 1935 o la participación de Cristófol y Lamolla en la exposición Logicofobista de Barcelona en 1936, donde Viola, a través del manifiesto publicado para la ocasión y firmado conjuntamente con el crítico Magí Cassanyes, apostaría por el compromiso político y social del surrealismo y la subversión del orden establecido como contraposición a aquellos que sólo defendían un posicionamiento estrictamente estético de la irracionalidad y el onirismo.

El estallido de la guerra civil y el exilio posterior nos remiten a otras de las máscaras de Viola, que afectarían las relaciones entre los compañeros leridanos. Si bien todos ellos se comprometieron desde un primer momento con la república, lo hicieron desde posicionamientos ideológicamente distantes: Crous y Viola desde las posiciones del POUM, Lamolla desde la CNT y la FAI y Cristófol desde un prudente antifascismo. Esto, sin embargo, no fue en ningún momento motivo de distanciamiento personal. Los episodios durante la guerra civil y la segunda guerra mundial, como la visita de Viola al estudio de Cristófol acompañado de Benjamin Peret y el posterior encuentro en el campo de refugiados de Argelés, o la estancia de Viola en la casa de Lamolla en la población francesa de Brezolles para refugiarse de la persecución de la Gestapo, no harían sino subrayar los lazos personales existentes entre todos ellos.

Viola ex024perimentaría en el exilio una profunda metamorfosis: José dejaría paso a Manuel, nombre con el que viola se dio a conocer, primero como poeta surrealista del grupo parisino “La Main à plume”, y luego como pintor en el XII Salon des Surindépendants de París de 1945, para sorpresa de su amigo Lamolla: “Nunca te he hablado de Viola. Quedarás sorprendido si te digo que actualmente es un pintor que se destaca en París. Su firma “Manuel” … se revela en el Salon “desde Surindépendants”, donde yo també exponente, como un talento de porvenir “, le comentó a Cristófol.

Un porvenir que nos habla de los Viola restantes, aquellos que ya tienen que ver con el pintor que regresó a España y que en palabras de Bonet fue “el autor de algunos de los mejores cuadros de nuestra posguerra”, pero también con aquel discutido personaje público que ayudó a crear. Todos y cada uno de estos Viola son los que conforman y dibujan la complejidad y riqueza de un personaje estrafalario y rebelde, de un intelectual profundo y lúcido, de un pintor vitalista y espiritual, que fue testigo y protagonista de los grandes cambios que experimentó el arte y la sociedad del siglo XX y que hay que reivindicar en toda su dimensión.

 

Jesús Navarro

Publicado en DIS. 1 de marzo de 2016

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