Benet Rossell, el hombre alfabeto

Bene Rossell 2Benet Rossell era un artista bastante desconocido en Lleida hasta que su obra se hizo presente a consecuencia del otorgamiento de la Medalla Morera 1986. Entonces, Benet recibía el máximo galardón artístico de la ciudad, después de haberlo hecho Albert Coma Estadella y Ángel Jové. Entre los motivos se apuntaba el hecho de que aportaba su bagaje artístico, vinculado a la vanguardia de los llamados catalanes en París, convirtiéndose en uno de los artistas referentes de la escena artística contemporánea, y al mismo tiempo, por su arraigo atávico a la tierra, concretado en la afección por la Sierra del Montsec, y en su presencia cada vez más extensa y frecuente en Ponent.

Entonces Lleida redescubría un artista total, inclasificable, versátil y poliédrico, responsable de uno de los universos creativos más complejos y atrevidos del arte español contemporáneo. En esta primera ocasión presentaba a nuestros ojos una buena parte de su obra más reciente, pinturas de técnica mixta con el protagonismo absoluto de su gesto y la presencia sempiterna de sus caligrafías, las benigrafies, que anunciaban un vasta cosmología minúscula, bajo el título de micrografías, micro-opera o microteatro. En esto último Benet opinaba que “en el arte, como en la vida, lo esencial no es en lo grande, lo impactante, lo espectacular, lo que es percibido tan fácilmente que ni siquiera hace falta mirar” y que era precisamente en lo micro, en lo más cercano y pequeño, en lo despojado de todo lo accesorio, en la expresión mínima, donde se encuentra la esencia de las cosas y donde había que dirigir la mirada y el pensamiento. No es ajeno a esta teoría las influencias orientales que siempre estuvieron presentes en su obra, en este diálogo entre culturas oriental y mediterránea que empapaba sus ideas.

Sus primeras incursiones en el mundo de la creación artística tenían que ver con el teatro y la praxis cinematográfica, lenguajes entregados a la expresión del movimiento, de la acción, de la vida, en definitiva. Un principio al que serán fieles el resto de las artes que él practicó, especialmente el pincel, al convertirse en expresión caligráfica del movimiento de dentro hacia fuera, de su gesto creador, de su escritura, de él mismo.

IMG_1872Precisamente, años más tarde, en 1996, presentaba en Lleida su Diario residual, y en esta ocasión descubríamos también su vertiente de mediador con su entorno, con sus raíces, con el testimonio de su tiempo a través de los objetos. L’ou com balla lucía en todo su esplendor en el patio del convento del Roser, prefigurando su escultura pública en la plaza de l’ecorxador, y hacía presencia su Acta notarial (donde recogía por escrito y materialmente los signos y testigos de su trayectoria creativa), Creu i rostoll (la alusión a sus referencias ancestrales vinculadas al territorio), L’home és un alfabet (con un gran hueso como signo primigenio de su caligrafía), L’equivalent simulacre (el juego entre realidad y ficción) y el robatori de la tinta (una serie de grabados caligráficos con la irónica ausencia de la tinta). Instalaciones todas que respondían a una teoría, o una poética, que se sitúa siempre por encima de lo material, que habla de lo atávico, arraigado, en un juego de ideas cargado de ironías.

Después vendría el MACBA, su no-retrospectiva “Paral·lel”, que consagraba un creador inteligente, intuitivo y total, y que concentraba en una sola pieza, Penso amb la punta del pinzell, que ocupaba el espacio central de la muestra, su tesis: pintar para concebir, concebir para vivir. Y, finalmente, la alegría de su participación ala Bienal de Sao Paulo.

Pero de todo ello hablaremos próximamente. Hoy sólo puedo pensar en los últimos días, en nuestra visita a su taller, haciendo una especie de mirada amplia a su contenido, a estanterías llenas de cuadros, a cajoneras llenas de dibujos y grabados, a paredes que muestran algunas de sus mejores obras. No puedo dejar de pensar en la fragilidad de todo ello. No hace ni un año que charlábamos y bromeábamos, con su inseparable Cristina, contrapunto indispensable. Aún recuerdo su recital en el Café de l’Escorxador con la flauta y aquella declamación japonesa gutural, con esa mezcla de locura envuelta en una timidez empática, que lo distinguía, que le daba luz. Desde que lo vi con muletas el día que se volvió a inaugurar el Arbre Paer todo ha ido cuesta abajo. Ahora se ha producido el fatal desenlace. Hoy Benet nos ha dejado. Nosotros no podemos hacer nada más que recordarlo y volver a vivirlo a través de sus obras.

Jesús Navarro

 

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Publicado en el diario Segre el lunes 22 de agosto de 2016

 

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