Ernest Ibàñez in memoriam

Ahora hacía semanas, muchos meses quizás, que no veía a Ernest, lo cual se hacía extraña, ahora que pienso, en una persona tan vital como era. Las últimas veces que nos habíamos cruzado habían sido bastante huidizas, yo con las presas que siempre acompañan el hecho de ir saltando de la preparación de una exposición a la otra y él, con la sonrisa perenne y la mirada inquieta, preguntándome por el futuro de un Museo, que ya no podrá ver. A pesar de que los años no pasan en balde, él siempre había mantenido una envidiable actividad, a pesar de que últimamente se había visto menguada por las sacudidas que la salud nos mujer. Las visitas al taller no menudeaban tanto y su producción pictórica —de una inusitada abundancia en los últimos años— se fue parando. Detrás iban quedando las horas al taller, las clases en la Escuela de Arte y las llanuras que iba llenando al ritmo de sus experiencias *autoreflexives.

A pesar de haberlo conocido ya hace muchos años, voy tendré el placer de compartir muchos ratos de diálogo intenso y de conversación distendida con motivo de la redacción de una aproximación biográfica que publiqué en el catálogo de la muestra que la *IEI le organizó en 1996 dentro del ciclo de “Maestros de Ponente”, y, sobre todo, gracias a la preparación de la muestra antológica que le dedicó el Museo con motivo de la concesión de la Medalla Morera 1996. La revisión de toda una trayectoria artística nos permitió pararnos y profundizar en todo aquellos momentos que los recuerdos suscitaban al remover papeles y teles. Le gustaba narrar el desvelo de su pasión por la pintura en compañía de su amigo Barberà y mencionar la maestría recibida del que sería su referente artístico durante muchos años, Josep *Benseny, con quienes visitó París en 1948, la meca artística de los años de la posguerra, lugar en el cual descubrió la abstracción, iluminado por la pintura de *Kandisnky. Los primeros papeles en que ensayó aquello que habían cogido sus sentidos fuera de nuestro país los guardó en su intimidad, hasta que la seguridad aportada por la fuerte personalidad de en Lluís Taladrado al llegar en Lleida, procedente de Francia, lo impulsó a mostrarlos y a continuar un camino de experimentación abstracta, que siempre corrió, pero, paralelamente al cultivo de la obra figurativa y paisajística. Al *escalf de las discusiones al Círculo de Bellas artes, participó de los principales hitos del arte en Lleida y formó parte de las principales iniciativas artísticas del momento —el Grupo 5, reunión de los artistas Manel *Niubó, Ramon *Fontova, Josep Barberà, Marià *Gomà y el mismo Ernest *Ibàñez, el Movimiento Artístico del Mediterráneo, la Escuela de Zaragoza y el Grupo *Cogul, de vida efímera pero revelador de las tendencias informalistas que defendían los renovadores de la plástica leridana, formado por Albert Coma *Estadella, Àngel Jové, Jaume *Minguell, *Victor P. Pallarès, Albert Vives y él mismo.

La singularidad de Ernest se basaba, pero, en su carácter ecléctico, en su capacidad para apropiarse creativamente de todos aquellos recursos plásticos de los diferentes movimientos y tendencias artísticas —lejos de cualquier dogmatismo teórico— por los cuales transitaba su obra y que le permitían dar salida a la necesidad intensa que tenía para expresar su propio mundo interior. No siempre se entendió su capacidad *camaleònica que pasar de una tendencia a la otra, para adoptar recursos plásticos diferentes y contradictorios, que negaban el logro de un estilo propio, personal, aunque buena parte de su obra resulta inconfundible. Porque aquello que realmente lo importaba en relación a la actividad plástica no era sólo la pintura como resultado, sino, fundamentalmente, la exploración plástica entente como proceso de desarrollo y de conocimiento personal. Su pintura es el testigo material de su voluntad de no pararse en la repetición, de no insistir en aquello conocido. Se trataba de la aventura permanente de la aprender, de incorporar nuevas manera de mirar, nuevas maneras de saber.

Ernest nos ha dejado. Restan sus trabajos y sus obras, y resta por siempre jamás más el recuerdo de una persona singular en muchos aspectos, de una profunda religiosidad y de un entusiasmo que se encomendaba, que hizo del arte un elemento central de su vida.

Jesús Navarro

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